El diablo que caminó por Píllaro
Una crónica antigua asegura que no fue disfraz: que el diablo mismo anduvo por estas calles buscando almas.
Hay una versión del origen de la Diablada que no habla de celos, ni de bromas, ni de muchachos disfrazados. Habla de miedo verdadero. Y es la que menos se repite en los folletos de turismo, porque incomoda.
La crónica
Según ese relato, en los primeros años de la colonia el diablo caminó por Píllaro. No de forma figurada: caminó. Se aparecía en los caminos de tierra al caer la noche, entraba a las fiestas donde se bebía de más, se sentaba a conversar con el que iba solo.
Venía, decían, a llevarse las almas perdidas. Y en un pueblo recién evangelizado, donde los curas predicaban el infierno cada domingo y los hacendados cobraban el trabajo con el mismo tono de castigo, almas perdidas había muchas.
El malentendido más productivo de la historia
La Iglesia contaba esas historias con un objetivo claro: que la gente tuviera miedo y se portara bien.
Lo que pasó fue lo contrario, y es la parte más interesante de toda la leyenda.
Los indígenas y mestizos de Píllaro entendieron el mensaje al revés. Si el diablo era lo que más temían el cura y el patrón, entonces el diablo no era el enemigo: era el único que no les tenía miedo a ellos.
Ponerse la careta dejó de ser un castigo y se volvió un permiso. Un permiso para gritar en la plaza, para bailar frente a la iglesia, para burlarse del que manda y para no ser reconocido mientras lo hacía. Debajo de la máscara todos son el mismo diablo, y el diablo no obedece a nadie.
Lo que se ve en enero
Por eso quien llega a Píllaro el primero de enero sin conocer nada ve una cosa, y quien conoce la historia ve otra.
Se ven cuernos de venado y de chivo montados sobre caretas de papel maché, colmillos, lenguas de trapo, dragones y lagartijas pintados en el rostro. Se ven aciales que revientan contra el piso con un chasquido seco. Se ve a hombres serios, padres de familia, comerciantes y agricultores, convertidos por seis días en otra cosa.
Y se escucha la banda, que no para nunca, porque el diablo no descansa.
Dos versiones, una fiesta
Los estudiosos discuten cuál de las dos versiones pesa más: la de los pretendientes espantados o la del diablo que caminó de verdad. Probablemente ninguna gane, porque las fiestas populares no nacen de un solo hecho sino de muchos, amontonados durante generaciones.
Lo que sí está claro es que Píllaro hizo algo que pocos pueblos hacen: agarró el símbolo con el que lo asustaban y lo convirtió en su orgullo.
Hoy ese diablo está en el escudo del turismo local, en los murales del parque, en los talleres de caretas y en el nombre de la fiesta que lo puso en el mapa del país.
¿Sabías que…?
Las caretas se clasifican por el animal que representan: de toro, de macho cabrío, de dragón y de lagartija. Los cuernos suelen ser reales y se heredan de careta en careta.
Dónde ocurre
Centro de Píllaro
Visitar Iglesia Matriz de Santiago de Píllaro
