El duende de Pampa Mía
Sombrero negro, dientes de oro y del tamaño de un niño. Se sube al burro y no se baja hasta el amanecer.
Antes de que llegara la luz eléctrica, la noche en Píllaro era noche de verdad. El camino se adivinaba por costumbre, el burro conocía la ruta mejor que su dueño, y en cada quebrada vivía algo que era mejor no nombrar. La quebrada de Pampa Mía tenía al duende.
Quién es el duende andino
El duende de la sierra ecuatoriana no es el gnomo simpático de los cuentos europeos. Es un ser pequeño, del porte de un niño de diez años, con el cuerpo de un adulto viejo y la cara arrugada. Usa un sombrero negro de ala muy ancha, tan grande que le tapa medio cuerpo, y cuando se ríe se le ven los dientes de oro.
Vive en las quebradas, cerca del agua. Le gusta la música, le gusta el desorden y le gusta, sobre todo, molestar. En muchos pueblos se le acusa de enamorarse de las muchachas de trenza larga y seguirlas hasta la casa. En otros, de trenzar las crines de los caballos por la noche y de esconder las cosas que después aparecen donde uno ya buscó tres veces.
Lo que contaban los arrieros
En Píllaro el duende se especializó en los arrieros. Los hombres bajaban de noche con los burros cargados de papa, de leña o de queso, y el paso obligado era la quebrada.
El relato se repite casi igual en todas las versiones. De entre los matorrales sale el muñeco, sin hacer ruido. No pide permiso: de un salto se trepa a la carga y ahí se acomoda, riéndose bajito.
El burro es el primero en saberlo. Se detiene en seco, empieza a sudar, tiembla, rebuzna y no da un paso más aunque le peguen. Puede pasar así media hora, una hora, la noche entera.
Si el arriero se enoja y lo enfrenta, viene lo peor: el duende crece. Se estira, se pone negro y se convierte en un toro bravo que lo persigue por el camino, bufando, hasta la puerta de la casa. Más de uno llegó sin carga, sin burro y sin habla.
Cómo librarse
Los mayores enseñaban el método y lo enseñaban en serio, como se enseña a cruzar un río.
No mirarlo. No hablarle. No reírse de él ni contestarle las bromas. Rezar en voz alta y caminar sin apurarse hasta salir de la quebrada. Algunos llevaban un rosario en el bolsillo; otros, tabaco o aguardiente para dejarle, a modo de peaje.
Y aguantar, porque al primer canto del gallo el duende suelta la carga y desaparece sin decir agua va.
Lo que queda
Hoy hay luz, hay carros y ya casi no hay arrieros. La quebrada sigue ahí, más callada, y el duende pasó de amenaza real a cuento para asustar a los nietos.
Pero pregúntale a un pillareño mayor si alguna vez su papá llegó tarde, pálido y sin explicación de la quebrada de Pampa Mía. Vas a ver que baja la voz antes de contestar.
¿Sabías que…?
El duende es una de las figuras más extendidas de la sierra ecuatoriana: cambia de nombre y de maña en cada pueblo, pero el sombrero negro enorme y los dientes de oro aparecen casi siempre.
Dónde ocurre
Quebrada de Pampa Mía, Píllaro
