El padre Longo y la niebla

La expedición del rey iba al cuarto día de camino. El sacerdote se quedó atrás un momento y nunca más apareció.

Esta es la historia más corta de todas las que cuentan los Llanganates, y también la que más miedo da, porque no tiene explicación ni final. Un hombre se quedó atrás en el camino y no volvió a aparecer. Eso es todo. Eso es suficiente.

La expedición oficial

Cuando el Derrotero de Valverde llegó a la corte española, el rey no lo tomó a broma. Ordenó que se organizara una expedición formal, con autoridad, escribano y todo el respaldo del reino. La encabezó el corregidor de Latacunga y salió de Píllaro siguiendo al pie de la letra las instrucciones del documento.

Entre los expedicionarios iba un religioso: el padre Longo. Las crónicas de la época lo describen como un hombre de letras, con reputación intelectual, no un simple capellán de tropa. Su tarea era bendecir el viaje y dar fe, ante Dios y ante el rey, de lo que se encontrara.

Los primeros días

Los primeros tramos fueron duros pero previsibles: el frío del páramo, el pajonal que corta las manos, el suelo esponjoso que traga la bota hasta el tobillo, la lluvia que no para y la neblina que sube desde el oriente cada tarde como una cortina.

Al cuarto día estaban cerca. Las señas del derrotero empezaban a coincidir con el terreno. La expedición cruzaba un paso angosto entre peñas, en fila india, porque no cabían de a dos.

El padre Longo iba al final.

El momento

Alguien oyó un ruido. Una piedra que rueda, tal vez. Nada extraordinario en un lugar donde todo se desmorona.

Cuando el que iba adelante volteó a mirar, la fila terminaba en el penúltimo hombre. Ni sotana, ni bulto, ni un grito. Tampoco huellas en el barro, y en ese suelo todo deja huella.

Buscaron el resto de la tarde y todo el día siguiente. Gritaron su nombre hasta quedarse roncos. Revisaron la quebrada, el filo, los pozos de agua negra. No encontraron absolutamente nada.

Lo que quedó

La expedición se desarmó. Nadie quiso seguir. El corregidor bajó a Latacunga y escribió a la corona un informe que cerró el asunto durante generaciones: el derrotero, dijo, debía ser falso, porque el camino no llevaba a ninguna parte.

Cuando Richard Spruce recogió esta historia dos siglos después para publicarla en Londres, la anotó con la frialdad de un naturalista: que si el sacerdote cayó a una quebrada o se hundió en un pantano, nadie lo sabe.

En Píllaro la anotan distinto. Dicen que el páramo tiene sus reglas y que esa expedición se acercó demasiado. Dicen también que el lugar donde desapareció tiene nombre propio entre los buscadores, y que los guías que conocen de verdad los Llanganates prefieren no dormir cerca.

Y dicen lo que dicen todos los que han subido: que en esa niebla uno pierde de vista a su compañero a tres metros de distancia, y que por un momento, siempre, se pregunta si el otro sigue ahí.

¿Sabías que…?

El suelo del páramo es turba: una esponja vegetal empapada que puede tener metros de profundidad. Quien cae en una de esas bolsas de agua negra rara vez sale solo.

Dónde ocurre

Altos de los Llanganates, cuarta jornada desde Píllaro

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Fuentes

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