La Joaquina

En una curva de la vía a Ambato, los choferes infieles ven a una mujer de negro pidiendo cola. No todos llegan a contarlo.

De todas las leyendas de Píllaro, esta es la que sigue pasando. No ocurrió hace siglos ni se la escuchó a un tatarabuelo: hay choferes vivos que juran haberla visto, y hay cruces de verdad al filo de la carretera. Por eso, cuando en Píllaro alguien dice «ahí viene La Joaquina», nadie se ríe.

Una mujer enamorada

Joaquina era una muchacha hermosa, de las que se voltean a ver en el mercado. Se enamoró perdidamente de un chofer que hacía la ruta entre Ambato y Píllaro, uno de esos hombres que conocen cada curva de memoria y que tienen una sonrisa lista para cada pasajera.

Al principio la vida fue tranquila. Ella lo esperaba en casa, contaba las horas de cada viaje y le tenía la comida servida. Él llegaba, comía, dormía y volvía a salir.

Hasta que un día, haciendo las compras, escuchó a dos mujeres hablando de su marido. No dijeron su nombre, pero dijeron suficiente.

Los celos

Joaquina no quiso creerlo, pero la duda ya estaba sembrada y esas no se arrancan. Se volvió otra: celosa, vigilante, minuciosa. Le preguntaba a qué hora salía, a qué hora llegaba, por qué se demoró veinte minutos más que ayer. Aprendió los horarios de la ruta mejor que él.

No sirvió de nada. Él siempre encontraba el hueco, la excusa, el viaje extra. Y ella, de tanto buscar, un día encontró la prueba que no quería encontrar.

La curva

Esa noche Joaquina no hizo escándalo. Salió de la casa sin avisar y caminó por el sendero viejo que subía junto a la carretera, el que hoy es la vía Culapachán–Píllaro. Llegó hasta la curva más cerrada, ese punto donde el camino se pega al filo y abajo solo hay quebrada.

Desde ahí se ve pasar cada bus que sube y cada bus que baja.

Ahí se lanzó.

Días después encontraron su cuerpo, más o menos donde hoy hay un santuario con una virgen, flores y veladoras que nadie deja apagar del todo.

La mujer de negro

Las apariciones empezaron meses después, ya entrados los años sesenta. Siempre la misma descripción: una mujer joven y hermosa, vestida de negro, parada al filo de la vía, haciendo la seña de que la lleven.

Los choferes que iban limpios de conciencia dicen que pasaban de largo y no veían nada. Los otros, los picaflores, los que venían de una casa que no era la suya, esos sí la veían. Y muchos paraban, porque estaba sola, porque era de noche, porque era bonita.

Subía en silencio. A mitad de curva, el que manejaba miraba por el retrovisor y el rostro ya no era el de una mujer. Ahí venía el volantazo.

Las cruces

Lo que sigue no es leyenda: en ese tramo se han matado decenas de personas. Hay cruces de madera, cruces de metal, nombres pintados y flores de plástico descoloridas a lo largo de varios metros de guardavía.

El accidente que más marcó a la zona fue el de un vehículo de la banda de músicos de la Policía Nacional que se volcó ahí hace poco más de una década: murieron diez agentes. Cada cierto tiempo la historia se repite con otro nombre.

Los ingenieros hablan de peralte, de visibilidad y de exceso de velocidad. Los choferes hablan de La Joaquina. Y muchos, antes de entrar a la curva, bajan la velocidad y se persignan, por si acaso las dos explicaciones fueran ciertas.

¿Sabías que…?

Es la leyenda viva más contada del cantón. Tiene libro propio y prácticamente cada conductor de la ruta Ambato–Píllaro cuenta su propia versión, o la de un compañero.

Dónde ocurre

Curva de la vía Ambato – Píllaro, sector Culapachán

Fuentes

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Pillaventura

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