La Legión de los Inocentes

Antes del terremoto del 49 desfilaban la Caja Ronca, el Uñaguille y la Loca Viuda. Solo sobrevivió uno de ellos.

Antes de que existiera la Diablada tal como se conoce hoy, en Píllaro salía otra cosa. Los pillareños de ochenta y noventa años todavía la recuerdan, y cuando la describen no hablan de una fiesta alegre: hablan de un desfile que daba miedo de verdad.

Le decían la Legión.

La fiesta de Inocentes

Salía a finales de diciembre y comienzos de enero, en la vieja fiesta de Inocentes que se celebraba en toda la sierra ecuatoriana. Era el momento del año en que, según la creencia, el cielo se abre y las reglas se sueltan: los pobres mandan, los hombres se visten de mujer, los serios hacen payasadas y nadie puede enojarse por nada.

En Píllaro esa licencia se llenó de personajes. Y no eran personajes bonitos.

Quiénes iban en la Legión

Iba el Cíclope, con un solo ojo enorme en la frente.

Iba el Duende, el mismo de las quebradas, con su sombrero negro de ala ancha.

Iba la Muerte, con su guadaña, que se paraba frente a la puerta de una casa y se quedaba ahí mirando.

Iba el Alma, envuelta en sábanas blancas, arrastrando cadenas.

Iba el Dos Caras, con una cara pintada adelante y otra atrás, de modo que uno nunca sabía si se estaba alejando o acercando.

Iba la Loca Viuda, vestida de negro riguroso, que lloraba a gritos a un muerto que nadie conocía y se colgaba del brazo de los hombres.

Iba el Uñaguille, que es de los personajes más tristes de la tradición andina: el espíritu de un niño que murió sin bautizo y llora de noche en las quebradas pidiendo que alguien le ponga un nombre.

Y en el centro de todos, cargada por un hombre, iba la Caja Ronca: un tambor sordo, grave, mal afinado a propósito, que se escuchaba desde lejos antes de que apareciera nadie. Los niños de entonces sabían que cuando sonaba la caja ronca había que meterse a la casa y cerrar la puerta.

También iba el Diablo, uno entre tantos, sin protagonismo especial.

El 5 de agosto de 1949

A las dos y tantas de la tarde de ese viernes, un terremoto sacudió la sierra central del Ecuador. Píllaro quedó en el suelo. La iglesia, las casas, las calles: todo hubo que levantarlo de nuevo.

Un desastre así no solo tumba paredes. Rompe costumbres, dispersa familias, interrumpe fiestas y se lleva a los que sabían cómo se hacían las cosas.

Cuando Píllaro volvió a ponerse de pie y la fiesta regresó a las calles, la Legión ya no estaba completa. El Cíclope no volvió. La Muerte, tampoco. El Dos Caras y el Uñaguille quedaron en la memoria de los viejos.

De toda aquella tropa sobrevivió uno solo: el Diablo. El más fuerte, el más llamativo, el que mejor aguantaba el ruido y la multitud.

De uno salieron miles

Ese diablo sobreviviente se multiplicó. Primero eran cinco u ocho por partida; hoy pasan de cincuenta, y las partidas son muchas.

De un personaje secundario de una legión desaparecida salió la fiesta que hoy conoce todo el Ecuador y que le dio a Píllaro un nombre propio en el mapa.

Por eso, cuando en enero uno escucha desde lejos el retumbo de los bombos antes de ver a nadie doblar la esquina, vale la pena acordarse de que ese sonido es más viejo que los diablos. Es la caja ronca, que sigue avisando que ya vienen.

¿Sabías que…?

El Uñaguille es una figura andina antigua: el espíritu de un niño muerto sin bautizo que llora de noche en las quebradas. Se le aparece a los adultos para pedir un nombre.

Dónde ocurre

Píllaro, fiesta de Inocentes

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Fuentes

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