La puerca de los siete guaguas

Nadie sabe por qué hay siete chorros de agua en Quillán. Los abuelos sí, y el cuento no es para niños.

En el valle de Quillán, donde el río Culapachán corta la peña y el clima cambia de golpe, hay una caída de agua que no es una sola: son varios chorros que brotan de la misma roca, uno al lado del otro. La gente los cuenta y les dice los Siete Chorros. Cuando un forastero pregunta por qué son siete, los de la comunidad se miran entre ellos antes de contestar.

La familia y la puerca

Había en el valle una familia numerosa que vivía de criar chanchos. Tenían un chiquero grande, bien hecho, y en él una puerca que acababa de parir siete guaguas.

Hasta ahí, nada raro. Toda hembra con crías se pone brava, y los mayores lo sabían: al chiquero se entra con cuidado, y los niños no entran.

El descuido

Fue un día como cualquiera. Los grandes salieron a la chacra y los niños quedaron solos en la casa, con la orden de siempre y las ganas de siempre.

Los chanchitos recién nacidos eran una tentación demasiado grande: rosados, chillones, del tamaño justo para alzarlos. Uno de los niños se metió al chiquero para jugar con ellos.

La madre lo vio como ve una madre. No hubo gruñido de aviso ni tiempo de salir corriendo. La puerca lo agarró, lo arrastró fuera del corral y se lo llevó hasta el chorro de agua que ya existía en la quebrada.

Lo que pasó ahí es la parte que los abuelos cuentan bajando la voz y que los padres de hoy se saltan cuando le cuentan el cuento a un niño pequeño. La puerca lo destrozó y se lo comió.

La persecución

Cuando la familia volvió y entendió lo que había pasado, el valle entero se levantó. Salieron los hombres con palos, con machetes y con perros, decididos a matar al animal.

La puerca no se escondió: corrió, y los siete guaguas corrieron detrás de ella. La acorralaron justo contra la peña, en el chorro de agua, donde no había salida.

Alzaron los machetes.

Y en ese instante la puerca y sus siete crías se metieron al agua y desaparecieron. No salieron por el otro lado. No aparecieron río abajo. Simplemente dejaron de estar.

Los siete chorros

En el lugar exacto donde se metieron reventó un chorro nuevo de la roca. Y luego otro. Y otro, hasta completar siete además del que ya estaba: uno por cada guagua.

Desde entonces la caída se llama así, y en Quillán se dice que el agua de cada chorro no sabe igual. Eso, curiosamente, es verdad comprobable: el conjunto está formado por varias semicascadas cuyas aguas tienen distinto pH y contenido mineral, y por eso la gente del valle las ha considerado medicinales desde siempre. Van a mojarse la cabeza, a llenar botellas, a bañar a los niños enfermos.

El valle, además, carga historia antigua. Los mayores de Quillán sostienen que este paraje fue sitio de ceremonia mucho antes de la colonia, y que aquí se bañaban los señores del norte, Rumiñahui entre ellos, para tomar fuerza antes de seguir camino a Quito.

Así que cuando alguien pregunta por qué son siete, la respuesta no es solo un cuento de miedo. Es la manera que encontró este valle de explicar, con una historia terrible y exacta, por qué de una misma roca brota agua distinta.

¿Sabías que…?

La cascada existe y la ciencia le da la razón a la leyenda en un punto: el conjunto reúne varias caídas con aguas de distinto pH y mineralización, algunas consideradas medicinales.

Dónde ocurre

Siete Chorros, valle de Quillán, parroquia San Miguelito

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Fuentes

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