Por qué Píllaro se viste de diablo

Todo empezó por celos: los muchachos de otro barrio venían a enamorar a las chicas del pueblo. Hoy es patrimonio del Ecuador.

Del 1 al 6 de enero, Píllaro deja de ser un pueblo tranquilo de la sierra y se convierte en otra cosa. Miles de diablos toman las calles con caretas de cuernos enormes, aciales que truenan contra el suelo y bandas de pueblo tocando sin parar. Es la Diablada Pillareña, y nadie se pone de acuerdo en cómo empezó.

La versión de los celos

La que más se cuenta en las casas es una historia de barrio y de enamorados.

Dicen que los jóvenes de Marcos Espinel bajaban por las noches al sector de Tunguipamba a enamorar a las muchachas de allá. A los muchachos de Tunguipamba —y sobre todo a los padres y hermanos— eso no les hizo ninguna gracia.

En vez de pelear a golpes, se les ocurrió algo mejor. Consiguieron cuernos de venado y de chivo, pieles, trapos viejos; se pintaron la cara, se armaron unas figuras espantosas y salieron a esperar a los pretendientes en la oscuridad del camino.

El susto fue histórico. Los enamorados salieron corriendo y la historia se contó durante semanas entre risas. Al año siguiente la repitieron, ya no por celos sino por gusto. Y al siguiente. Y al siguiente.

La versión de la resistencia

Hay otra versión, más honda y más política, que también se escucha mucho.

Cuenta que los indígenas de estas tierras tomaron la figura del diablo —el personaje con que los curas y los patrones los amenazaban desde el púlpito y desde la hacienda— y se la pusieron encima. Vestirse de aquello que el poder usaba para asustarlos fue una forma de burla y de desahogo: durante unos días al año, el que mandaba era el diablo, y debajo de la careta no había cómo saber quién era.

Desde esa lectura, cada máscara de la Diablada es un acto de rebeldía disfrazado de fiesta.

La versión de los mitimaes

Una tercera versión, repetida en documentos oficiales, dice que la fiesta llegó con los mitimaes, poblaciones trasladadas desde el sur del imperio, y que los hacendados la permitían una vez al año como válvula de escape.

Los investigadores que han estudiado el tema a fondo advierten que de esta versión no hay evidencia clara, y que la memoria oral de los pillareños de noventa años apunta más bien a algo más reciente: una «Legión de los Diablos» que salía en la fiesta de Inocentes a mediados del siglo XX. Por eso los académicos ya no hablan de un origen único, sino de poligénesis: varios orígenes trenzados en una misma fiesta.

Cómo es hoy

Sea cual sea el origen, la fiesta creció hasta volverse enorme. Las partidas más antiguas son las de Tunguipamba, Marcos Espinel y Guanguibana; después se sumaron Chacata, El Carmen, Robalinopamba, San Vicente de Quilimbulo y varias más.

Hace cuarenta años una partida salía con cinco u ocho diablos. Hoy una sola partida puede llevar más de cincuenta.

El diablo es el personaje central: careta de papel maché montada sobre cuernos de verdad, traje de raso, acial en la mano y un paso de baile en puntillas que nadie enseñó por escrito y que todos saben hacer. Alrededor bailan las guarichas con caretas de alambre, los capariches con sus escobas de retama de más de un metro, y las parejas de línea, elegantísimas: ellos de pantalón negro, camisa blanca y sombrero adornado; ellas de falda brillante y peineta española.

La banda toca sanjuanitos, pasacalles, tonadas y albazos hasta que se acaba el aire.

Patrimonio

El 29 de diciembre de 2008, el Estado ecuatoriano declaró a la Diablada Pillareña Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación.

Lo importante, sin embargo, no pasa por el papel. Los diablos de Píllaro no bailan por contrato ni por sueldo: muchos bailan por promesa, años seguidos, y hay familias que llevan tres generaciones en la misma partida, heredando la careta como se hereda una herramienta de trabajo.

¿Sabías que…?

Los investigadores llaman poligénesis a este caso: en vez de un origen único, la Diablada parece el resultado de varias tradiciones que se fueron trenzando, incluida la vieja fiesta de Inocentes.

Dónde ocurre

Calles de Píllaro, del 1 al 6 de enero

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Fuentes

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