El tesoro de los Llanganates

El rescate de un emperador quedó enterrado en el páramo. Cinco siglos de expediciones no han logrado encontrarlo.

Hay leyendas que se cuentan junto al fogón y se olvidan al amanecer. Y hay otras que mueven expediciones, hunden fortunas y se tragan hombres. La del tesoro de los Llanganates es de las segundas: lleva casi quinientos años viva y todavía hoy, cada cierto tiempo, alguien sube al páramo de Píllaro convencido de que esta vez sí.

El rescate más caro de la historia

El 16 de noviembre de 1532, en la plaza de Cajamarca, Francisco Pizarro capturó al inca Atahualpa. Ciento sesenta y tantos hombres contra un ejército; fue una emboscada, no una batalla. Con el emperador preso, el imperio entero quedó paralizado.

Atahualpa entendió rápido qué movía a esos extranjeros barbudos. Ofreció un trato que quedó para la historia: llenaría una habitación con oro hasta donde alcanzara su mano levantada, y otras dos con plata. Los españoles aceptaron y empezó a llegar metal desde todos los rincones del Tahuantinsuyo.

Buena parte de esa recolección cayó sobre los hombros del general más temido del norte: Rumiñahui, nacido en tierras de Píllaro, hijo de Huayna Cápac y de una mujer de la casa de los Pillahuaso. Él organizó las caravanas que debían bajar desde Quito con el oro del norte del imperio. Las cifras que repiten las crónicas y los buscadores son enormes, del orden de cientos de toneladas de oro labrado: vasijas, discos, máscaras, figuras de maíz y de animales, piezas de orfebrería que hoy no existirían en ningún museo del mundo.

La noticia que cambió todo

La caravana iba en camino cuando llegó el mensajero. El 26 de julio de 1533 los españoles habían ejecutado a Atahualpa con el garrote, después de un juicio que fue una farsa. El rescate estaba pagado a medias y el prisionero ya estaba muerto.

Aquí la historia se convierte en leyenda, porque nadie escribió lo que pasó después. Lo que cuentan los pillareños es que Rumiñahui detuvo la caravana en algún punto del altiplano, miró hacia el oriente, hacia esa cordillera oscura y siempre cubierta de nubes que los suyos llamaban Llanganati, y dio la orden.

No devolvió el oro. No lo repartió. Lo subió al páramo.

Dicen que los cargueros caminaron días enteros entre pajonal y neblina, y que al final el metal fue hundido en una laguna, o encerrado en un socavón, o enterrado bajo piedra. Dicen también, y esta parte es la más dura, que a los cargueros no se les permitió bajar para que el secreto muriera con ellos.

El general que no habló

Rumiñahui volvió a pelear. Resistió el avance de Sebastián de Benalcázar hacia el norte, y cuando entendió que Quito iba a caer, prefirió entregarla en cenizas antes que intacta: la incendió con sus propias manos.

Lo capturaron a mediados de 1535. Lo torturaron durante semanas para que dijera dónde estaba el oro. Le quemaron los pies. No dijo nada. El 25 de junio de 1535 lo quemaron vivo en la plaza principal de Quito junto a varios de sus capitanes.

Con él se fue el mapa.

Los que fueron a buscarlo

Desde entonces la lista de buscadores es larga y termina casi siempre igual. Está Valverde, el español que se casó con la hija de un cacique de Píllaro y amaneció rico, y que dejó escrita la ruta en el documento que hoy llamamos el Derrotero de Valverde. Está el padre Longo, que iba en la expedición oficial del rey y desapareció al cuarto día sin dejar rastro.

Está Atanasio Guzmán, botánico español que vivió en Píllaro a inicios del siglo XIX, dibujó el mapa más detallado que existe de esos cerros y murió de la forma más extraña: caminando dormido, sonámbulo, cayó por un despeñadero en el valle de Leytu.

Está el inglés Richard Spruce, que en 1857 casi muere atrapado por la crecida del río Topo, encontró copia del derrotero y del mapa de Guzmán y los publicó en Londres en 1860, ante la Royal Geographical Society. Ahí la leyenda dejó de ser pillareña y se volvió mundial.

Están Barth Blake y el teniente George Chapman, que en 1886 siguieron esas pistas y, según las cartas que Blake mandó a sus amigos, llegaron. Blake escribió que vio miles de piezas de oro y plata, figuras de animales y de plantas, vasijas llenas de esmeraldas, orfebrería que no se podía imaginar. Escribió que era imposible sacarlo todo solo. Bajó con lo que pudo cargar, se embarcó rumbo a Nueva York para conseguir financiamiento y desapareció en el viaje. Chapman murió antes. Las cartas quedaron.

Están los italianos Tullio Boschetti y Umberto Ré, que subieron con el ecuatoriano Luciano Andrade Marín entre 1933 y 1934. No encontraron oro, pero Andrade Marín escribió un libro, *Viaje a las misteriosas montañas de los Llanganati*, que hoy es Patrimonio Cultural del Ecuador.

Y están los modernos, con sonares, buzos, drones y helicópteros. Tampoco.

Por qué nadie llega

Los que conocen el páramo dan una explicación sin misterio: los Llanganates tienen más de doscientas mil hectáreas, llueve casi todo el año, la neblina baja en minutos y borra el camino, el suelo es una esponja donde se hunde la pierna hasta la rodilla y las señas que describe el derrotero (un cerro con forma de pan de azúcar, dos lagunas como anteojos, una peña con forma de portal de iglesia) se parecen a otras veinte del mismo macizo.

Los que conocen las historias dan otra: que el oro tiene dueño, que Rumiñahui sigue cuidándolo y que el páramo cobra a quien sube por codicia.

Las dos explicaciones caben en la misma montaña. Y las dos, hasta hoy, han funcionado igual de bien.

¿Sabías que…?

Los Llanganates son de los pocos lugares del planeta donde una leyenda de tesoro sigue generando expediciones reales, con permisos y equipo, cada pocos años.

Dónde ocurre

Parque Nacional Llanganates, al oriente de Píllaro

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Fuentes

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